Un Airbus 340, vuelo de Iberia 2801 bautizado con el nombre del compositor gerundense Isaac Albéniz, cruza los cielos australes pasada la medianoche. Resulta curioso que al aparato le dé nombre un músico cuya partitura más famosa es una suite de piano del mismo título que el de la compañía aérea que ahora nos trae de vuelta a casa.
A bordo, huelga decirlo, viajan veintitrés campeones del mundo, el entrenador que lo hizo posible, su cuerpo técnico, personal de la Federación, familiares, periodistas y una réplica exacta del trofeo de los cinco kilos de oro y dos anillos de malaquita que hace unas horas fue alzado por Iker Casillas en el palco del Soccer City para, como marca el protocolo, ser requisado por los responsables de Fifa minutos después.
A nadie parece importarle sin embargo lo genuino del tótem, pues no hay nadie en este avión que no haya reclamado el trofeo en algún momento para fotografiarse con él. Dicen que el capitán de la Selección incluso se quedó dormido abrazado a este luminoso objeto del deseo. Junto a él, Andrés Iniesta teclea en su teléfono, aún con las magulladuras producto de las caricias holandesas durante la final. Su histórico gol nos pilló al otro lado del estadio, en una grada compartida por los periodistas españoles con una mayoría de aficionados oranjes que no perdieron nunca la iniciativa a la hora de animar a su equipo, con amplia representación infantil incluida, salvo cuando el de Fuentealbilla conectaba su volea eterna a unos minutos para el fin de la prórroga. Fue tal la consternación rival que incluso algunos de nuestros compatriotas como el actor Antonio de la Torre y su hermano, fueron a saludarles deportivamente una vez consumada su tercera derrota en una final mundialista.
Luego, dispusimos de mejor perspectiva a la hora de disfrutar de la entrega del trofeo. Cuando Casillas lo levantó su brillo mínimo pero rotundo en la distancia hasta nuestra grada lo hacía asemejarse al efímero resplandor de una estrella fugaz.
Y es una estrella lo que lucen los jugadores sobre sus camisetas de camino a España. Como era de esperar, Pepe Reina se encarga de animar el ambiente muy entrada ya la madrugada organizando una especie de brigada del amanecer junto a Sergio Ramos y David Villa que a ritmo de Elvis Crespo va despertando a cuanto incauto descabeza un sueño improvisado. Las sonrisas y abrazos se suceden a lo largo del pasillo. Cuando aterrizamos en Barajas divisamos desde la ventanilla los chorros de agua con el que el cuerpo de bomberos agasaja a los campeones del mundo. A pie de pista aguadan cientos de aficionados y periodistas, mientras un cartel sintetiza la mezcla de sentimientos como sólo la publicidad sabe hacerlo: Bienvenidos a un país un poco más feliz.
Allá en Suráfrica quedaron Rodrigo e Iván, compañeros en la tarea informativa durante el último mes. Puesto el pie en España sólo me queda acercarme a la sede de Telemadrid para echarle un vistazo a la coloreada estrella que corona su edificio en la Ciudad de la Imagen y no puedo evitar identificarla con la dorada que nos hemos ganado en el Mundial.
He de acercarme al lugar donde se aguarda la fiesta final para los campeones en la explanada de El Puente del Rey, junto a la estación de Príncipe Pío. Hasta allí me dirijo haciendo escala en Moncloa, cuyo Arco de la Victoria alberga a sus pies a varias filas de entusiastas seguidores; hombres y mujeres, niños y viejos, a la espera de ver pasar el autobús de la Selección.
La moda es en rojo y gualda en esta tarde de estío de un Madrid velazqueño. Desde el lugar donde nos ubicamos para informar sobre las celebraciones, la explanada del Puente del Rey asemeja a un enorme campo de amapolas aguardando una fiesta que se adentrará generosamente en la noche. Las crónicas del día siguiente hablarán de la presencia de una muchedumbre, frisando el millón de personas. Con los recuerdos aún frescos en la cabeza asisto a un concierto de uno de los mejores trovadores que conozco. Desde el escenario, Luis Ramiro confiesa haber llorado “como en cada Nochevieja” recordando a su abuelo mientras veía ganar a la Selección, pues fue éste quien le inició en la afición futbolera al igual que recuerda a su abuela festejando el último día del año. Me parece un gran buen resumen de lo que para muchos supone haber ganado un Mundial, unidos todos por ese lazo afectivo que nos lleva a acordarnos de quienes no pudieron disfrutarlo en vida. Porque al fin todo se reduce a eso. Quedan ya menos de cuatro años para el próximo Campeonato del
Mundo, será en Brasil en 2014 y quien hoy concluye este blog sólo espera, como en esta oportunidad, vivir para contarlo.
Naufragios
jueves, 23 de febrero de 2012
11 de Julio
En la Antigüedad gustaban de establecer augurios para las batallas interpretando el vuelo de las aves y no sé por qué me viene a la cabeza la imagen de un sacerdote helénico auscultando el cielo en busca de señales en esta mañana surafricana.
No hay rastro de criaturas voladoras en el horizonte de Johannesburgo. Una tormenta de arena envuelve los arrabales de la ciudad, creciendo en intensidad a medida que nos acercamos al escenario de la batalla.
El estadio Soccer City se erige a decenas de kilómetros del centro. Su silueta futurista lo asemeja más a una nave espacial recién aterrizada sobre una explanada de tierra rojiza en medio de la nada. Para el Mundial lo han ampliado hasta alcanzar casi las noventa y cinco mil plazas de asiento, añadiéndole un recubrimiento exterior de ocres y marrones cuyas líneas subrayan su diseño vanguardista.
Dicen que fue por aquí donde Nelson Mandela dio su primer discurso multitudinario y es fácil adivinar a una muchedumbre esperanzada tomando asiento a lo largo de la llanura. Justo aquí, en un lugar del globo a 26 grados y 14 minutos latitud Sur, nos jugaremos nuestro pasaporte a la posteridad futbolística.
Pero aún restan horas para ello y el páramo está desolado, envuelto en las tolvaneras que se levantan desde el suelo. La arena se ha hecho dominadora de las alturas y es imposible adivinar pájaro alguno de bueno o mal agüero.
La ciudad queda lejos, aún desde el lugar donde un control policial nos obliga a seguir a pie hasta el escenario de la gran final. Rodrigo se quedó en Johannesburgo para cubrir la salida del equipo desde su hotel en el barrio de Sandton. Iván como productor y quien firma estas líneas han de localizar el punto cercano al estadio donde hemos de entrar en directo para el informativo de mediodía.
El cordón de seguridad establecido por la policía surafricana establece un perímetro alrededor del Soccer City que lo envuelve en un cinturón difícilmente accesible a no menos de dos kilómetros del recinto. La arena suspendida te toca la cara hasta invadir los lagrimales a modo de bienvenida. Por delante, un camino solitario de donde comienzan a emerger puestos de comida conforme aparece a lo lejos la visión del estadio. La mayoría de quienes dispensan hamburguesas y perritos calientes se adornan con bufandas holandesas ante nuestras quejas, pese
a que un grupo de portugueses acaben por solidarizarse con nosotros asegurando preferir una victoria española.
Aparecen por fin los aficionados que tal como nos temíamos optan por las camisetas naranjas y las banderas tricolor de los Países Bajos. Imaginamos a nuestros compatriotas disfrutando de la cerveza local de Johannesburgo sin intención de emprender camino al estadio hasta última hora.
Tras más de treinta minutos de caminata aún no sabemos el lugar exacto desde donde conectar micrófono en mano y el tiempo apremia. Volvemos a toparnos con el Soccer City, semanas después de haberlo visto por primera vez a nuestra llegada a África que ahora parece haberse producido el siglo pasado. Ni rastro de las unidades móviles por aquí. Unas cuantas preguntas después sirven para informarnos que las posiciones de directo para la prensa española se ubican más allá del estadio en una zona industrial vallada.
Tomamos por fin camino hacia allá más apurados de lo aconsejable con una línea férrea perdiéndose hasta la lejanía. Sin saber si algún tren puede o no aparecer por allí, hacemos equilibrio sobre la vía mientras acarreamos con carpetas, acreditaciones, cintas y demás enseres durante más de un kilómetro siempre con la amenaza latente de un ferrocarril fantasma que nos haga perdernos la final.
Con menos de media hora por delante advertimos la zona acotada de la que nos habían hablado e Iván, siempre más resuelto, se lanza a escalar la valla al no hallar entrada cercana. Parece trepar con habilidad pero de pronto queda enganchado con un garfio de metal tomándole por sus vaqueros, amaga con dar con sus huesos en el suelo, suspendido dos metros en el aire, aunque, como dos borrachos que se apoyan entre ellos para no darse de bruces, logramos evitar la caída.
Un poco más de paseo por la vía del tren y finalmente las furgonetas coronadas con antenas parabólicas de las unidades móviles parecen una visión del paraíso a quince minutos del momento decisivo. Aún resta sortear la pendiente de un terraplén por el que casi rodamos como si de un comando en plena operación especial se tratase y supongo que algo de ello tiene el asunto.
Corremos los últimos metros hasta los corrillos de informadores y técnicos, escuchando ya una buena representación de las lenguas ibéricas en diferentes conversaciones. Un tramo de escalera nos separa de un templete con cubierta de plástico y unos trípodes con cámara a modo de incruento pelotón de fusilamiento. Colocándome ante ellos, me sacudo la tierra de los pantalones. Aunque apurado, todo está en su lugar. Iván me lo confirma con un gesto, el retorno se oye nítido a miles de kilómetros de distancia. Oigo voces familiares desde Madrid que
pronuncian mi nombre y apellidos. Llega el momento de interpretar mi papel sobre el escenario. El Soccer City desde aquí me recuerda más que nunca a un vehículo alienígena posado sobre la Tierra. A unas horas del partido más importante de nuestra Historia, justo un instante antes de advertir la luz encarnada de la cámara y empezar por fin a hablar sonrío para mis adentros y me siento afortunado de encontrarme aquí y ahora.
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