jueves, 23 de febrero de 2012

12 de Julio. Vivir para contarlo

Un Airbus 340, vuelo de Iberia 2801 bautizado con el nombre del compositor gerundense Isaac Albéniz, cruza los cielos australes pasada la medianoche. Resulta curioso que al aparato le dé nombre un músico cuya partitura más famosa es una suite de piano del mismo título que el de la compañía aérea que ahora nos trae de vuelta a casa.
 A bordo, huelga decirlo, viajan veintitrés campeones del mundo, el entrenador que lo hizo posible, su cuerpo técnico, personal de la Federación, familiares, periodistas y una réplica exacta del trofeo de los cinco kilos de oro y dos anillos de malaquita que hace unas horas fue alzado por Iker Casillas en el palco del Soccer City para, como marca el protocolo, ser requisado por los responsables de Fifa minutos después.
 A nadie parece importarle sin embargo lo genuino del tótem, pues no hay nadie en este avión que no haya reclamado el trofeo en algún momento para fotografiarse con él. Dicen que el capitán de la Selección incluso se quedó dormido abrazado a este luminoso objeto del deseo. Junto a él, Andrés Iniesta teclea en su teléfono, aún con las magulladuras producto de las caricias holandesas durante la final. Su histórico gol nos pilló al otro lado del estadio, en una grada compartida por los periodistas españoles con una mayoría de aficionados oranjes que no perdieron nunca la iniciativa a la hora de animar a su equipo, con amplia representación infantil incluida, salvo cuando el de Fuentealbilla conectaba su volea eterna a unos minutos para el fin de la prórroga. Fue tal la consternación rival que incluso algunos de nuestros compatriotas como el actor Antonio de la Torre y su hermano, fueron a saludarles deportivamente una vez consumada su tercera derrota en una final mundialista.
Luego, dispusimos de mejor perspectiva a la hora de disfrutar de la entrega del trofeo. Cuando Casillas lo levantó su brillo mínimo pero rotundo en la distancia hasta nuestra grada lo hacía asemejarse al efímero resplandor de una estrella fugaz.
Y es una estrella lo que lucen los jugadores sobre sus camisetas de camino a España. Como era de esperar,  Pepe Reina se encarga de animar el ambiente muy entrada ya la madrugada organizando una especie de brigada del amanecer junto a Sergio Ramos y David Villa que a ritmo de Elvis Crespo va despertando a cuanto incauto descabeza un sueño improvisado.  Las sonrisas y abrazos se suceden a lo largo del pasillo. Cuando aterrizamos en Barajas divisamos desde la ventanilla los chorros de agua con el que el cuerpo de bomberos agasaja a los campeones del mundo. A pie de pista aguadan cientos de aficionados y periodistas, mientras un cartel sintetiza la mezcla de sentimientos como sólo la publicidad sabe hacerlo: Bienvenidos a un país un poco más feliz.
 Allá en Suráfrica quedaron Rodrigo e Iván, compañeros en la tarea informativa durante el último mes. Puesto el pie en España sólo me queda acercarme a la sede de Telemadrid para echarle un vistazo a la coloreada estrella que corona su edificio en la Ciudad de la Imagen y no puedo evitar identificarla con la dorada que nos hemos ganado en el Mundial. 
He de acercarme al lugar donde se aguarda la fiesta final para los campeones en la explanada de El Puente del Rey, junto a la estación de Príncipe Pío. Hasta allí me dirijo haciendo escala en Moncloa, cuyo Arco de la Victoria alberga a sus pies a varias filas de entusiastas seguidores; hombres y mujeres, niños y viejos, a la espera de ver pasar el autobús de la Selección. 
La moda es en rojo y gualda en esta tarde de estío de un Madrid velazqueño. Desde el lugar donde nos ubicamos para informar sobre las celebraciones, la explanada del Puente del Rey asemeja a un enorme campo de amapolas aguardando una fiesta que se adentrará generosamente en la noche. Las crónicas del día siguiente hablarán de la presencia de una muchedumbre, frisando el millón de personas. Con los recuerdos aún frescos en la cabeza asisto a un concierto de uno de los mejores trovadores que conozco. Desde el escenario, Luis Ramiro confiesa haber llorado “como en cada Nochevieja” recordando a su abuelo mientras veía ganar a la Selección, pues fue éste quien le inició en la afición futbolera al igual que recuerda a su abuela festejando el último día del año. Me parece un gran buen resumen de lo que para muchos supone haber ganado un Mundial, unidos todos por ese lazo afectivo que nos lleva a acordarnos de quienes no pudieron disfrutarlo en vida. Porque al fin todo se reduce a eso. Quedan ya menos de cuatro años para el próximo Campeonato del
Mundo, será en Brasil en 2014 y quien hoy concluye este blog sólo espera, como en esta oportunidad, vivir para contarlo.

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